August 9, 2007

Plurilingües en casa

Filed under: Uncategorized — edgar @ 11:43 am

A mí la vida me dio muchas satisfacciones. No pregono, sin embargo, que mis condiciones sean las mejores o que ya hice todo lo que tuve que hacer. Sé que hay más. Mi historia tampoco es la de una joven que, enamorada de las bondades de un idioma extranjero, emprende la odisea de conquistar léxicos foráneos y conjugaciones morfológicas. Soy una madre que hizo mucho fuera de su país. No lo digo con el afán de demostrar incapacidad dentro de mi territorio, sino con el de resumir la difícil tarea de construir lejos de casa. Sueños, una carrera y mis hijos.

Salí de Venezuela a los 17 años. Menor de edad, aparentemente poco me esperaba. Mi medio hermana mayor estaba casada con un joven de ascendencia japonesa, por lo que ya moraba en Japón cuando facilitó mi travesía. Llegué a Tokio intranquila y todavía inmadura. El cambio es drástico, pero saludable. Haber dejado un par de mundos (segundo y tercero) en el avión para sumergirme, rápidamente, en los suburbios primermundistas de Asia fue una experiencia chocante. Según mi familiar anfitrión, “así es”.

Pues a trabajar. Mi primer puesto laboral fue en la estación del Tren Bala. No conocer el lenguaje oriental fue determinante al momento de delegarme responsabilidades. Así que lo primero fue asegurar la alimentación de quienes operan esta colosal vía de transporte. Tan rápida como una bala. Entre entrega y entrega (paquetes de comida), aprendí un poco del idioma y logré que mis empleadores detecten mis aptitudes empíricas para hacer las cosas bien. La verdad, el japonés lo estudié en la actividad misma. Desde adentro. Eso sí, fue necesaria mucha disciplina y días sin descansar.

Tras siete años de ardua experiencia, había logrado que mi familia, en Venezuela, mejore su condición de vida. Pudimos comprar un inmueble. Tal fue la mayor satisfacción para mí. Pero cuando estuve de vuelta, y los visité, también les llevé otra sorpresa. Estaba por nacer el primero de mis hijos con un marinero filipino –mi esposo- muy noble y abnegado. Ahora tenemos dos criaturas. Que se encuentran en una encrucijada lingüística. Veamos.

Cuando arribé por vez primera en el continente asiático, ya conocía el castellano. Uno. En seguida, aprendí las dificultades del japonés. Dos. Del padre de mis hijos, asimilé el tagalo (idioma popular en Filipinas). Tres. El inglés es también hablado en estas zonas. Cuatro. “A este punto, terminaré políglota”, pensé. Pero el problema no es conmigo ni con mi pareja, sino con nuestros dos pequeños retoños. A veces nos sorprendemos porque son capaces de asimilar muchos significados y diferenciar los términos correlativos en varias lenguas. Es maravilloso. Sin embargo, queremos ser muy cuidadosos: recibimos ayuda pedagógica para sobrellevar esta situación, en apariencia fácil. Es la educación de nuestros hijos.

¡Ah! Olvidé sobre mi carrera. Soy especialista en Marketing social y trabajo con diversas empresas asiáticas. Pero ello no importa. Somos una familia de plurilingües (en casa) y estamos contentos de serlo. Lo clave es utilizar el lenguaje universal del amor en nuestra formación y cuidado. A reflexionar.

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